El bautismo y la entrada en el reino

Por Ron Hanko [1]

Un pasaje a menudo utilizado por los que practican el bautismo infantil como prueba de lo que ellos creen es Marcos 10:13-16, que describe la bendición de Jesús sobre los pequeños niños en Sus brazos. Aquellos que sostienen el así llamado “bautismo de creyentes” encuentran el uso de este pasaje algo desconcertante ya que no habla del bautismo en absoluto.

Marcos 10 es, sin embargo, un texto evidente que puede utilizarse para apoyar el bautismo de infantes. Esto es así por varias razones, pero antes, hay que ver desde el principio que estos niños mencionados en Marcos 10 eran de hecho infantes (Lucas 18:15).

En primer lugar los niños en este pasaje fueron recibidos por Jesús, quien también los tomó en sus brazos y los bendijo. El ser recibido en los brazos de Jesús y ser bendecido por Él es nada más y nada menos que la salvación misma. Que estos infantes fueron salvos por Jesús es evidente en los versículos 14 y 15 donde se habla de ellos recibiendo el Reino de Dios.

De esa misma salvación y de la recepción que uno hace del Reino el bautismo es una representación o señal que nos muestra cómo entramos en ese Reino en sí. El argumento, entonces, es el siguiente: Si estos niños pueden recibir la realidad a la que el bautismo apunta, ¿Por qué entonces no pueden recibir la señal en sí? Para decirlo de otra manera, si ellos pueden recibir la mayor bendición, ¿Por qué no recibir la menor de ellas? Nosotros creemos que, dado que ellos pueden y reciben la realidad de la salvación ellos deben también recibir la señal. La salvación es prometida a ellos así como es prometida a los adultos en el pacto de gracia.

En segundo lugar Jesús nos dice en el versículo 15 que nadie puede recibir el Reino de Dios excepto en la forma que un bebé lo recibe, es decir, de forma pasiva, nada que aportar y mucho que recibir por el poder de la gracia. Por lo tanto, para recibir el Reino de Dios como un pequeño niño es recibirlo sin obra alguna y sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Esa es la única forma en que un niño puede recibir el Reino de Dios en sí.

Y en sí en realidad, esta es la única manera de que alguien puede recibir el Reino de Dios. Inicialmente cuando la salvación llegó a nosotros, nosotros no estamos ni buscándola ni deseándola. Estábamos después de todo muertos en nuestros delitos y pecados y fue sólo cuando Dios por gracia nos dio la salvación y la entrada a Su Reino al regenerarnos de modo que ahora también comenzamos a buscar y saber lo que Él ha hecho a favor nuestro. Por lo tanto, Jesús nos dice que sólo hay una manera de recibir el Reino la cual es como un niño pequeño. Si nosotros no lo recibido de esa manera entonces no recibido nada al final.

Ahí está otra razón para bautizar infantes. Con eso nosotros no estamos diciendo que todo infante bautizado es necesariamente salvo, pero sí vemos en el bautismo de cada niño una imagen representativa de cómo la salvación es posible para un niño según la promesa del pacto de Dios, es decir, por el poder del gracia soberana.

De hecho en cada bebé bautizado tenemos una imagen de cómo todos y cada uno de nosotros hemos sido salvos, no por disposición o esfuerzo alguno de nuestra parte sino por la sola omnipotencia de la gracia soberana, la cual llegó a nosotros cuando nosotros ni estábamos viendo ni buscando el Reino de Dios. Dios nos da nueva vida en el nuevo nacimiento.

El objetivo entonces del bautismo de infantes es mostrar cómo somos salvos: y no para probar la salvación del niño que es bautizado (pues las aguas bautismales por sí solas nunca pueden hacer eso). Por lo tanto el bautismo muestra el único camino de salvación y nos recuerda que Dios promete salvar a los niños de los creyentes por la misma la gracia soberana que salvó a los padres. Qué triste que muchos hoy en día no tienen o no ven ese testimonio en el bautismo de infantes impotentes.


[1] Tomado de Doctrine According to Godliness por Ronald Hanko, pp. 266-267. Título en inglés: Baptism and Entrance into the Kingdom.

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