La Perspicuidad de la Escritura (2)

Hemos visto que la perspicuidad de la Escritura significa aquella facultad inteligible que la Escritura posee para ser comprendida con claridad la Palabra de Dios escrita, como también hemos visto que la iglesia de Cristo en sus comienzos en la historia ha reconocido que en la Escritura existen partes difíciles de entender, pero que no necesariamente sean imposibles de entender, como el mismo apóstol Pedro lo dice haciendo referencia a los escritos Paulinos (2 Pedro 3:15-16). El mismo Calvino comentado sobre este pasaje nos dice que:

Pero hay que observar, que no está prohibido leer las epístolas de Pablo, porque contienen algunas cosas duras y difíciles de entender, pero que, por el contrario, ellas son recomendadas a nosotros, siempre y cuando traigamos una mente tranquila y enseñable.” [1]

En los tiempos cuando Roma enfatizaba que la Escritura por sí misma era oscura para el mayor porcentaje de creyentes, y que solo los clérigos entrenados podían al final entenderla consultado así a los padres de la iglesia, es cuando surge John Wycliffe, quien fue nombrado por los historiadores como el lucero de la mañana para la Reforma del siglo XV, y quien afirmo en una ocación que:

Los laicos deben entender la fe, y dado que las doctrinas de nuestra fe están en las Escrituras, los creyentes deben tener las Escrituras en un idioma conocido por el pueblo, y con este fin el Espíritu Santo les ha investido con el conocimiento de todas las lenguas.

John Dowling en su obra The History of Romanism, habla de John Wycliffe de la siguiente manera:

Cristo dio su evangelio a los clérigos y maestros de la iglesia con el fin de que sirviesen a los laicos y a las personas más débiles, de acuerdo con sus situaciones y necesidades. Sin embargo este maestro John Wycliffe tradujo la Escritura del latín al Inglés. Así, él la abrió para los laicos y para las mujeres que saben leer, más aún de lo que había sido anteriormente abierta por el clero más educado y entendido. De esta manera, la perla del Evangelio es echada delante de los cerdos y pisoteada bajo sus pies. Lo que antes era valioso para los clérigos y laicos se ha convertido en el hazmerreír de los dos! La joya de la iglesia se convirtió en la broma de la gente, y lo que antes era el don principal de los sacerdotes y los maestros se hace para siempre común a los laicos [lo cual es, el estudiar las Escrituras]. [2]

La iglesia de la época medieval creía que la interptetación y el entendimiento de la Escritura le pertenecía exclusivamente al clérigo, no así a los laicos como Wycliffe y sus seguidores. Con ello John Wycliffe se convertiría rapido en el oponente numero uno de Roma por su traducción y enseñanza de la claridad de la Escritura para el pueblo inglés.

Este fue un principio esencial para la Reforma como lo encontramos en la Confesión de Fe de Westminster:

El Antiguo Testamento fue escrito en el idioma hebreo (que era la lengua del pueblo de Dios desde tiempos muy antiguos) y el Nuevo Testamento fue escrito en el idioma griego (que era un idioma muy conocido por todas las naciones de aquel entonces). El Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo Testamento en griego, siendo directamente inspirados por Dios y conservados puros en todos los tiempos por su singular cuidado y providencia, son por lo tanto auténticos. Por esta razón, en toda controversia religiosa, la iglesia debe apelar a ellos. El pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y también tiene interés en ellas. Es más, se le ha ordenado leerlas y escudriñarlas en el temor de Dios. Pero como los idiomas originales de las Escrituras no son conocidos por todo el pueblo de Dios, éstas deben traducirse al idioma vernáculo de toda nación a donde lleguen. Esto tiene como finalidad que la Palabra de Dios more abundantemente en todos, para que adoren a Dios de manera aceptable, y para que tengan esperanza mediante la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras. (Cap 1, sec 8)

 De ahí que para los padres de la Reforma, la enseñanza de la claridad de la Escritura era sumamente fundamental para el grito inicial del movimiento; ¡Sola Scriptura!

Continuará…


[1] Juan Calvino, Comentarios a las epístolas.
[2] John Dowling, The History of Romanism, 383.