Lutero contra “la salvación por Señorío”

El problema no pasa por la relación «Ley-creyente» ya que lo primero continúa siendo vigente instructiva y correctivamente en este ultimo. (Entiéndase por Teonomianismo).

A lo que Lutero como la Reforma se oponen es a la nueva «redefinición» de Cristo tanto de Él como de su evangelio para el pecador. Convirtiendo con esto a Cristo en un nuevo legislador para el pecador con su nueva ley la cual demanda cierta obediencia y rendimiento ”evangélico” del pecador para su justificación y así futura salvación. De esta forma dan paso a lo que se conoce como neonomianismo lo cual corrompe a Cristo y Su glorioso evangelio.

Aquí algunos extractos breves de Martín Lutero a la epístola de los Gálatas contra “la salvación por Señorío”:

”Pues bien, si el Evangelio es la revelación del Hijo de Dios, tal como Pablo aquí lo define, entonces ciertamente que no acusa, no teme las consecuencias, no amenaza con la muerte, ni trae la desesperanza, como lo hace la ley. Empero el Evangelio es una doctrina respecto a Cristo. Y Él ni es ley ni obra, sino nuestra justicia, sabiduría, santificación, y redención (1 Corintios 1:30). Aunque esto sea más claro que la luz del sol, no obstante la locura y ceguera de los papistas ha sido tan grande, que han hecho del Evangelio una ley de caridad y a Cristo lo han hecho un legislador más exigente y severo en sus mandatos que el mismo Moisés. Pero el Evangelio enseña que Cristo no vino para establecer una nueva ley ni dar mandamientos que reglamenten el comportamiento. El Evangelio enseña que Él vino con este propósito, de dar su vida como una ofrenda por los pecados de todo el mundo, para el perdón de nuestros pecados, y para que se nos conceda la vida eterna por causa suya, y no por las obras de la ley, ni por nuestra justicia” [1a].

No permitas que te alejen de esta más dulce definición de Cristo, por la cual se regocijan hasta los mismos ángeles del cielo. De acuerdo a la debida y verdadera definición de Cristo, Él no es ningún Moisés, ningún legislador, ningún tirano. Él es el Mediador por los pecados. Él es el dador de la gracia, de la justicia, y de la vida. Él se entregó, no por nuestros méritos, santidad, justicia, y vida piadosa. Se entregó por nuestros pecados. Ciertamente Cristo interpreta la ley, pero esa no es su función asignada ni principal” [1b]. 

“Este es el principio de la salud y salvación. Por este medio somos librados del pecado, justificados y hechos herederos de la vida eterna. No por nuestras propias obras y virtudes meritorias, sino por nuestra fe, por la cual nos sujetamos a Cristo. Nosotros también reconocemos una cualidad y justicia formal del corazón. No es el amor (como afirman los sofistas) sino la fe. Y ésta no es otra sino aquella que se fija y se aferra en nada más que en Cristo el Salvador. Aquí es necesario que conozcas la verdadera definición de Cristo. Los escolásticos han hecho de Cristo un juez y déspota, inventándose esta mimada fantasía del mérito de congruencia y de la virtud meritoria. Sin embargo, Cristo, de acuerdo a su verdadera definición, no es ningún Legislador sino la Propiciación por los pecados, y Salvador. A esto se sujeta la fe, y sin duda alguna cree, que Él abundantemente ha hecho obras y méritos de congruencia y virtud meritoria antes y después de la gracia” [1c], 

“Entonces, todo el que enseña que la fe en Cristo no justifica a menos que tenga la guarda de la ley, hace de Cristo un ministro de pecado, un adoctrinador de la ley enseñando la misma doctrina de Moisés. Por este medio, Cristo no es ningún Salvador, ningún dador de gracia, sino un déspota cruel, requiriendo al igual que Moisés, lo que ningún hombre puede cumplir. Vean que es así como todos los rebusca-méritos toman a Cristo. Pues lo convierten en un nuevo legislador, y al Evangelio como un nuevo tomo de leyes con nuevas obras, así como los turcos se imaginan que es el Corán. Pero en cuanto a leyes, basta con las de Moisés. El Evangelio pues, es la predicación de Cristo, que perdona los pecados, da la gracia, justifica y salva a pecadores. Y bien, en donde se encuentren mandamientos en el Evangelio, esos mismos no son el Evangelio, sino explicaciones de la ley, y asuntos que dependen del Evangelio” [1d].

“Por tanto, la fe, como he dicho, abraza y se arropa a sí misma en Jesucristo el Hijo de Dios, entregado a muerte por nosotros, tal cual Pablo lo enseña aquí. Cuando nos aferramos a Él por la fe, nos da la justicia y la vida. Pues Cristo es el Hijo de Dios, y por causa de su puro amor se dio a sí mismo por nuestra redención. Y con estas palabras Pablo de la manera más vívida despliega el sacerdocio y el oficio de Cristo. Él apacigua a Dios, hace intercesión por los pecadores, los instruye, y los consuela. Aprendamos a definir correctamente a Cristo, no como los teólogos de las grandes facultades, que buscan establecer la justicia por sus propias obras. Ellos lo convierten en un nuevo legislador, que tras abolir la ley antigua, establece otra más actualizada. Para ellos Cristo no es nada más que un tirano exigente. Pero Cristo es tal cual lo define Pablo aquí: el Hijo de Dios, y Él, no por algún merecido nuestro o alguna justicia en nosotros, sino por su propia misericordia y voluntad, se entregó a sí mismo como sacrificio por nosotros miserables pecadores, a fin de santificarnos para siempre. Así que Cristo no es ningún Moisés, ni exigente dador de leyes, sino el dador de la gracia, Salvador, lleno de misericordia. En breve, Él no es nada más que infinita misericordia y bondad, entregado libre y abundantemente a nuestro favor. Es así que le darás estos colores cuando dibujes a Cristo. Si permites algún otro cuadro, quedarás abatido cuando llegue la prueba y la tentación. Pero al igual que este es el más grande conocimiento y secreto del cristiano, al igual es el más difícil. Pues yo mismo, aun al brillo de esta luz del Evangelio, en el cual por tanto tiempo he laborado, y he procurado retener esta definición de Cristo que Pablo aquí presenta, confieso que esta doctrina y pestilente opinión de que Cristo es un legislador la tengo hasta metida en los huesos. Ustedes jóvenes en este caso tienen mayor razón por estar contentos que nosotros los viejos. Ustedes no han sido infectados con estos errores perniciosos, en los que yo fui amamantado y sofocado desde mi juventud, que tan solo con escuchar el nombre de Cristo mi corazón temblaba y sacudía con temor. Estaba convencido que Él era un juez severo. Por tanto para mí es una doble agonía y prueba corregir y reformar este mal. Primero, por olvidar, condenar, y resistir este error tan arraigado, que Cristo es un legislador y juez. Este mal siempre regresa para socavarme. Luego, para sembrar en mi corazón un nuevo y verdadero convencimiento que Cristo es un justificador y salvador. Por eso digo que ustedes los jóvenes pueden aprender con menos dificultad a conocer a Cristo con más pureza y sinceridad, si así se disponen. Por tanto, si cualquiera se siente oprimido con pesadumbre y agonía de corazón, no le eche la culpa a Cristo, no importa quien venga en el nombre de Cristo. Échele la culpa al diablo, pues con frecuencia viene disfrazado de Cristo, transformándose en ángel de luz” [1e].

Con esto vemos la diferencia que existe entre lo que es la salvación por Señorío al Señorío salvífico de Cristo. Esto último es lo que profesó la fe Reformada en cuanto al tema.

El Señorío salvífico de Cristo en las confesiones Reformadas:

Pregunta 34. ¿Por qué le llamamos nuestro Señor? [2a]. 

Porque rescatando nuestros cuerpos y almas de los pecados, no con oro o plata sino con su preciosa sangre, y librándonos del poder del diablo, nos ha hecho suyos.

Pregunta 1. ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?  [2b].

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo [c], que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad. 

De Cristo el Mediador [3].

VIII.1 Agradó a Dios en su eterno propósito escoger y ordenar al Señor Jesús, su unigénito Hijo, para ser el Mediador entre Dios y el hombre, el Profeta, Sacerdote y Rey, la Cabeza y Salvador de su Iglesia, el Heredero de todas las cosas y Juez del mundo: a Quien, desde toda la eternidad, Dios le dio un pueblo para ser su simiente; y para que en el tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santifcara y glorificara.

VIII.5, “El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, el cual ofreció a Dios una sola vez por el eterno Espíritu, ha satisfecho completamente la justicia de su Padre;y ha comprado para todos aquellos que el Padre le había dado, no sólo la reconciliación, sino también una herencia eterna en el reino de los cielos.”

Por eso digo que ustedes los jóvenes pueden aprender con menos dificultad a conocer a Cristo con más pureza y sinceridad, si así se disponen.


[1] Martín Lutero "El comentario sobre la epistola a los Galatas", Traductor Haroldo S. Camacho, Ph. D. (versión Kindle).
[2] Catecismo de Heidelberg.
[3] Confesion de Westminster, cap 8.

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