Una de las objeciones más repetidas contra la Sola Scriptura afirma que el protestante no puede saber cuálela Biblia sin depender de una autoridad externa e infalible. El argumento suele presentarse así: la Escritura no contiene una tabla inspirada de sus propios sesenta y seis libros; por tanto, la lista del canon necesariamente procede de la Iglesia; y si la Iglesia identifica infaliblemente el canon, entonces la autoridad final no puede ser la Escritura sola.
George I. Mavrodes dirigió una versión filosóficamente más precisa de esta objeción contra Gordon H. Clark. Si el principio epistemológico cristiano es que la Biblia es la Palabra de Dios, y si todo lo necesario para la fe debe hallarse en la Escritura o deducirse de ella, ¿de dónde sale la proposición: “Génesis, Éxodo, Isaías, Mateo, Romanos, Hebreos y Apocalipsis —junto con los demás libros— constituyen la Escritura”? Ningún pasaje bíblico enumera los sesenta y seis libros. Según Mavrodes, el principio reformado convierte la canonicidad en una cuestión esencial, pero al mismo tiempo parece dejarla sin respuesta. respuesta de Clark no consiste en buscar apresuradamente un versículo que enumere el canon. Tampoco consiste en entregar el problema al magisterio eclesiástico. Clark responde atacando el supuesto fundamental de la objeción: esta trata la palabra “Escritura” como si fuera un término vacío, una etiqueta sin contenido, de la cual posteriormente hubiera que deducir cuáles libros la componen.
Pero la fe reformada nunca ha confesado una palabra vacía llamada “Biblia”. Ha confesado libros concretos como Palabra de Dios.
La objeción confunde definición con deducción
La Confesión de Fe de Westminster comienza declarando que Dios quiso poner por escrito su revelación para la preservación y propagación de la verdad. Inmediatamente después enumera los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y declara: “Todos los cuales son dados por inspiración de Dios para ser la regla de fe y vida”. Sólo entonces desarrolla la autoridad, suficiencia, claridad e interpretación de la Escritura.
Este orden es decisivo. Westminster no dice primero: “Existe una Escritura indeterminada”, para después intentar deducir desde ella la lista de sus libros. La Confesión define desde el inicio qué entiende por Escritura: los libros canónicos nombrados en el capítulo primero.
Clark responde a Mavrodes precisamente en este punto. La lista canónica, afirma, no es un teorema deducido del axioma, sino parte del axioma mismo, porque define su término principal. Cuando el cristiano confiesa que “la Biblia es la Palabra de Dios”, no está confesando un libro desconocido, una abstracción o una caja cerrada. Está confesando que los libros recibidos como Escritura —Génesis hasta Apocalipsis— son la revelación escrita de Dios. diferencia es fundamental. Sería absurdo objetar que un geómetra no puede usar la palabra “triángulo” hasta haber deducido, a partir de un teorema posterior, qué significa “triángulo”. La definición pertenece al planteamiento inicial del sistema. De manera semejante, la identidad documental de la Escritura pertenece a la confesión inicial de la autoridad bíblica.
Así, la forma adecuada del axioma cristiano no es simplemente:
La Biblia es la Palabra de Dios.
Sino, de manera expandida:
Los libros proféticos y apostólicos reconocidos como las Sagradas Escrituras, desde Génesis hasta Apocalipsis, son la Palabra escrita de Dios.
La objeción canónica pretende que el cristiano deduzca la definición de Escritura como si aquella fuera una doctrina posterior a la Escritura. Clark responde que esto es un error categorial. La lista del canon no es una doctrina extraña añadida al axioma; determina aquello de lo que el axioma está hablando.
La autoridad suprema no puede depender de una autoridad superior
La objeción contra la Sola Scriptura también suele exigir que el cristiano demuestre la autoridad del canon mediante una instancia anterior o superior: la Iglesia, la tradición, la experiencia religiosa o la investigación histórica. Clark entiende que esta exigencia destruye la noción misma de autoridad final.
Si la Escritura debe ser autenticada infaliblemente por la Iglesia para poder ser creída como Palabra de Dios, entonces la Iglesia se convierte en el principio epistemológico último. Si debe ser demostrada por la crítica histórica, entonces la metodología histórica ocupa ese lugar. Si debe ser certificada por la experiencia religiosa, entonces la experiencia humana juzga la voz divina.
Pero una autoridad verdaderamente suprema no puede recibir su autoridad de un tribunal superior. La Confesión de Westminster lo expresa con claridad:
“La autoridad de la Sagrada Escritura, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios, quien es la verdad misma, el autor de ella; por lo tanto, debe ser recibida porque es la Palabra de Dios”.
Este principio no significa que el cristiano carezca de razones, historia o testimonio eclesial. Significa que ninguno de esos elementos constituye la causa de la autoridad divina de la Escritura. Isaías no llegó a ser inspirado porque una comunidad posteriormente lo reconoció. Romanos no se convirtió en Palabra de Dios cuando un concilio o una iglesia local lo recibió. Apocalipsis no recibió autoridad divina después de vencer ciertas discusiones regionales. Estos libros poseen autoridad porque Dios habló por medio de sus autores.
La Iglesia no da autoridad al canon; recibe la autoridad del canon. No crea la voz del Pastor; reconoce la voz del Pastor.
Cristo mismo dijo:
“la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35, RVR1960).
Y al dirigirse al Padre afirmó:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17, RVR1960).
La Palabra de Dios no es verdadera porque la Iglesia haya logrado identificarla correctamente. La Iglesia debe identificarla porque ya es verdadera, divina y autoritativa.
El canon no procede de una Iglesia infalible, sino del Dios que habla
Clark apela aquí a la tradición confesional reformada. Westminster reconoce que el testimonio de la Iglesia puede movernos a una alta estima de la Escritura. También reconoce la majestad de su contenido, la eficacia de su doctrina, la armonía de sus partes y el cumplimiento de sus propósitos como evidencias de su origen divino. Sin embargo, afirma que la plena persuasión y seguridad de su verdad infalible y autoridad divina proviene de la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio por y con la Palabra en nuestros corazones.
La Confesión Belga expresa lo mismo en su artículo 5. Después de enumerar los libros canónicos, declara que la Iglesia recibe “todos estos libros, y solamente estos, por santos y canónicos”, no principalmente porque la Iglesia los apruebe, sino porque el Espíritu Santo testifica que proceden de Dios. Clark cita esta confesión para mostrar que la Reforma no fundó el canon en un historicismo eclesiástico ni en una declaración magisterial superior a la Escritura. e punto requiere precisión. El testimonio del Espíritu Santo no es una revelación adicional que entregue al creyente una nueva lista inspirada separada de la Biblia. Clark niega explícitamente que el Espíritu añada nueva información revelada al canon. El Espíritu obra mediante la Palabra ya dada, abriendo la mente regenerada para recibir como divina aquella revelación que posee en sí misma la autoridad de Dios. o no es irracionalismo. Es reconocer que la incredulidad nunca es meramente falta de datos históricos. El pecador puede leer la majestad de Isaías, contemplar la unidad doctrinal de la Escritura, examinar la recepción apostólica de los escritos sagrados y, sin embargo, rechazar deliberadamente la voz de Dios. Como enseña Pablo:
“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14, RVR1960).
La certeza cristiana del canon no descansa finalmente en la autonomía del historiador, en la mayoría de votos de una institución ni en una experiencia subjetiva divorciada del texto. Descansa en Dios mismo, quien habla en Su Palabra y produce por Su Espíritu la fe que recibe esa Palabra.
La Escritura misma reconoce la expansión del canon
Clark tampoco reduce la cuestión canónica a una mera afirmación confesional sin fundamento bíblico. Aunque la Escritura no contiene una lista completa de sus sesenta y seis libros, sí contiene la doctrina necesaria acerca de la naturaleza de la revelación escrita y del reconocimiento de nuevos escritos como Escritura.
El Señor Jesucristo recibió el canon veterotestamentario como una unidad normativa e inviolable. Al citar el Salmo 82, no argumenta que ese salmo sea autoritativo por una cualidad independiente del resto del canon, sino porque pertenece a aquella Escritura que no puede ser quebrantada. Clark interpreta Juan 10:35 como testimonio de que Cristo reconoce la autoridad de la totalidad de la Escritura recibida por Israel. mismo, el Nuevo Testamento presenta la autoridad apostólica como continuación y consumación de la autoridad profética. Pedro coloca los escritos paulinos junto con “las otras Escrituras”:
“como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición” (2 Pedro 3:15–16, RVR1960).
Clark considera este pasaje especialmente importante: Pedro no trata las cartas de Pablo como simples reflexiones pastorales privadas, sino como escritos pertenecientes a la categoría de las Escrituras. El canon neotestamentario no aparece, entonces, como una invención eclesiástica posterior, sino como el resultado de la autoridad profética y apostólica que Dios mismo estableció y que la Iglesia debía recibir. Iglesia primitiva no se reunió para convertir escritos humanos en Palabra divina. Recibió, preservó, leyó y confesó los escritos que portaban la autoridad de Cristo y de sus apóstoles.
El problema no se resuelve apelando a Roma
La apologética romana frecuentemente formula la objeción del canon de esta manera: el protestante sabe cuáles libros pertenecen a la Biblia únicamente porque la Iglesia Católica los determinó; por tanto, debe aceptar la autoridad infalible de Roma.
La respuesta clarkiana revela que este argumento no resuelve el problema; solamente lo traslada. Si se pregunta al protestante cómo sabe cuáles libros son inspirados, también debe preguntarse al romano cómo sabe cuál institución posee autoridad infalible para definir el canon. ¿Por qué Roma y no Constantinopla? ¿Por qué un concilio particular debe ser recibido como infalible? ¿Cómo se identifica infaliblemente al magisterio infalible sin apelar a una autoridad todavía anterior?
Si la respuesta final es que Roma se autentica a sí misma, entonces el objetor ha concedido precisamente aquello que negaba al protestante: que una autoridad última puede ser recibida como autoridad última sin ser establecida por otra autoridad superior. La diferencia es que el reformado identifica esa autoridad con la voz inspirada de Dios en las Escrituras, mientras que Roma la ubica en una estructura eclesiástica que reclama interpretar de manera definitiva tanto la Escritura como la tradición.
El argumento reformado es más simple y más fiel al orden bíblico: Dios habla; Su Palabra posee autoridad por ser Su Palabra; el Espíritu produce la fe que la recibe; y la Iglesia confiesa, preserva, traduce, enseña y defiende aquello que ha recibido.
La Iglesia es necesaria como comunidad de recepción y testimonio. Pero no es soberana sobre aquello que recibe. Del mismo modo que Israel recibió “los oráculos de Dios” sin conferirles inspiración, la Iglesia recibe los escritos apostólicos sin conferirles divinidad.
La historia sirve; no reina
Sería un error deducir de Clark que la historia deba ser despreciada. Clark no sostiene que sean inútiles los manuscritos, las citas patrísticas, las listas canónicas antiguas, la recepción litúrgica o las discusiones conciliares. Al contrario, anima a utilizar la evidencia arqueológica e histórica y a tratar detalladamente las objeciones críticas.
Sin embargo, coloca estas evidencias en su lugar correcto. La historia puede mostrar que el canon no surgió arbitrariamente. Puede mostrar la recepción temprana de los Evangelios, de Pablo y de otros escritos apostólicos. Puede evidenciar que los críticos aplican a la Biblia criterios que destruirían también buena parte del conocimiento histórico ordinariamente aceptado. Puede mostrar la providencia de Dios preservando y difundiendo Su Palabra en medio de controversias, regiones y generaciones.
Pero la historia, por sí sola, no transforma probabilidad en autoridad divina. Un investigador puede concluir que Romanos fue ampliamente recibido en la Iglesia antigua; todavía queda la cuestión decisiva: ¿es Romanos Palabra de Dios? Esa pregunta no puede ser contestada por un tribunal neutral colocado sobre Dios. Debe ser contestada por el Dios que habla y abre los oídos de Sus ovejas para que reconozcan Su voz.
Aquí hay una aplicación importante también para la preservación textual. El hecho de que la Iglesia haya preservado copias, traducciones y familias textuales no significa que la Iglesia sea la fuente soberana de la Palabra. Significa que Dios, por Su providencia ordinaria, empleó a Su pueblo para preservar aquello que Él inspiró. La recepción eclesial es ministerial; la autoridad pertenece al texto dado por Dios.
La verdadera pregunta epistemológica
La fuerza de Clark consiste en obligar al objetor a enfrentar la pregunta que normalmente intenta evitar: ¿cómo puede el hombre conocer verdaderamente a Dios?
Mavrodes quiso mostrar que la lista del canon exigía una fuente adicional de conocimiento teológico. Clark respondió que semejante solución termina disolviendo la revelación en una red de fuentes diversas: experiencia, tradición, historia, percepción, sentimiento religioso y Escritura. Pero si cada una de estas fuentes puede corregir o completar a las demás desde una posición coordinada, ya no existe una Palabra soberana de Dios, sino una síntesis humana cuya unidad depende del intérprete.
La fe cristiana comienza de otra manera. Comienza confesando que Dios ha hablado. Su Palabra no es una hipótesis provisional esperando validación humana. Es la luz mediante la cual juzgamos todas las demás pretensiones de conocimiento.
“La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples” (Salmo 119:130, RVR1960).
No recibimos la Escritura porque primero hayamos construido una epistemología independiente capaz de examinar a Dios desde fuera. Recibimos la Escritura porque Dios, en Su misericordia, habla clara y verdaderamente, y porque Su Espíritu quita nuestra ceguera para recibir esa verdad.
Conclusión
La objeción de la lista del canon no destruye la Sola Scriptura. Sólo parece hacerlo cuando se supone que “Escritura” es una palabra vacía, indeterminada, que necesita recibir contenido desde una autoridad externa. Gordon H. Clark responde que la confesión cristiana nunca comienza con semejante abstracción. Comienza con los escritos proféticos y apostólicos concretos, recibidos como la Palabra escrita de Dios.
La lista canónica no es una doctrina añadida desde fuera a la autoridad bíblica; forma parte de la confesión de qué libros constituyen esa autoridad. La Iglesia no produce el canon; lo recibe. La historia no inspira el canon; testifica de su recepción providencial. El Espíritu Santo no añade nuevas revelaciones al canon; persuade al creyente, por y con la Palabra, de que ella procede verdaderamente de Dios.
Así, la respuesta reformada permanece firme: no creemos la Escritura porque Roma, Constantinopla, un concilio o una reconstrucción histórica la haya hecho autoritativa. La recibimos porque es la voz del Dios vivo.
Y cuando Dios habla, la Iglesia no se sienta sobre Su Palabra para juzgarla. Se inclina ante ella para creerla, confesarla y obedecerla.
Fuentes principales
Gordon H. Clark, “Reply to George I. Mavrodes”, respuesta publicada originalmente en The Philosophy of Gordon H. Clark: A Festschrift, ed. Ronald H. Nash, y reproducida por The Trinity Foundation. rge I. Mavrodes, “Revelation and Epistemology”, en The Philosophy of Gordon H. Clark: A Festschrift, ed. Ronald H. Nash, reproducido por The Trinity Foundation. don H. Clark, Systematic Theology, especialmente su exposición de inspiración, Juan 10:35 y 2 Pedro 3:15–16. onfesión de Fe de Westminster**, capítulo 1, secciones 2, 4, 5, 6 y 10.
Confesión Belga, artículos 3–7.
